Capítulo VI: El cuadro
No hubo que hablar nada, no hizo falta ninguna palabra. Arturo y Blanca comenzaron el nuevo año con una nueva relación. Arturo se sorprendió a sí mismo por la dedicación que le prestaba a su nueva pareja. Le había conmovido profundamente aquel abrazo al filo del nuevo año, hacía mucho tiempo que nadie le abrazaba así, y sabía perfectamente lo que era necesitarlo. Quizás por eso, Arturo no se apartó de Blanca.
Solían verse todos los días y pasaban juntos casi todas las noches. Blanca parecía muy ilusionada con Arturo, y el pianista quería estar con la pintora. La relación que había entre ellos era de lo más apacible. Quizás se había enamorado, pensó él. Incluso la pálida piel de Blanca parecía más carnosa, lo notó especialmente en una cena en algún que otro restaurante de la ciudad.
- Hoy te toca hacer plan -comenzó Blanca - ¿qué vamos a hacer esta noche?
- Bueno, pues había pensado… -improvisaba Arturo- que después de esta apetecible cena… podría llevarte a una exposición de Miró que han inaugurado hace un par de días… Y luego…
- ¿Y luego?
- Luego podríamos dar una vuelta por el puerto… me apetecería mucho. Y después…
- ¿Y después?
- Después… podrás elegir entre hacerte el amor en tempo de adagio o en allegro vivace.
Blanca se llevó las manos a la cara para disminuir el volumen de su risa, luego miró sonriente a Arturo.
- Prefiero primero el allegro vivace para acabar tranquilamente con el adagio.
- Estupendo, ¿y lo anterior te da igual?
Su pareja volvió a reír y Arturo observó sus gestos, la llama de la vela iluminaba el rostro de Blanca, no parecía tan pálido, era como nieve cálida, con pinceladas.
Al dedicar gran parte de su tiempo a Blanca, las salidas solitarias al Café Jazz se suspendieron. Arturo continuaba dando clases y tocando en el centro comercial Alameda y en pequeñas salas y restaurantes. Blanca siempre le acompañaba en cada concierto, allí estaba ella en primera fila, y a veces justamente a su lado para pasar las partituras. Arturo tocaba normalmente sin partitura, memorizaba perfectamente los pasajes de las piezas; sin embargo, a veces necesitaba las partituras en el atril para alguna obra que no había memorizado por completo.
- ¿Quieres que te pase las hojas? -preguntó atónita Blanca- ¡Yo no sé!
- ¿Conoces toda la obra completa de Chopin y no sabes leer una partitura? No es nada difícil. Yo cabecearé cuando quiera que cambies de hoja. Más tarde te enseñaré a seguir una partitura.
A Arturo no le gustaba tener a nadie a su lado que le pasara las partituras, por eso Blanca significaba una cariñosa excepción. En los días siguientes le enseñó cómo seguir por encima una partitura, poco a poco la enseñaba a leer música.
Algunos días Blanca se traía sus pinturas y sus lienzos y pintaba en casa de Arturo. El pianista tocaba y componía. La presencia de Blanca en su hogar le halagaba y a la vez le incomodaba extrañamente, hacía bastante tiempo que no invitaba a ninguna mujer. Blanca, por su parte, continuaba pintando lienzos sobre mujeres solitarias, desnudas y paisajes. Arturo le preguntaba por el cuadro en el que él aparecía: “todavía no está listo”, replicaba misteriosa Blanca.
Un día, los dos salieron a cenar con Dani y Susana. La pareja de amigos estaba realmente contenta de la nueva compañera de Arturo.
- Por fin una fija, ¿eh? -bromeó susurrándole Dani a Arturo.
- Eres muy gracioso, ¿eh?
- ¿Cuándo podremos ver tus cuadros expuestos, Blanca? -preguntó Susana.
- Realmente no lo sé, un par de galerías parecen interesadas, pero todavía no responden.
- Pronto la llamarán -aseguró Arturo.
- Eso tenéis en común -agregó Dani-. Arturo todavía espera respuesta de varias salas de concierto. Por cierto, maestro: pronto la sala Verdi organizará la nueva temporada…
- No te molestes, no me cogerán.
- No digas eso -increpó Blanca.
- No le hagas caso, Blanca, yo como siempre le presento.
Blanca agradeció la cortesía de Dani.
- Me alegra mucho veros juntos -cambió de tema Susana-. Sinceramente, Blanca, estaba preocupada por Arturo, llevaba demasiado tiempo solo…
- Desde que se divorció con Lucía.
- Susana, Dani… -canturreó Arturo- Hay temas más interesantes.
- Mírale Blanca, no le gusta que hablen de él, pero yo sé que en el fondo le encanta.
Arturo sonrió a Susana mostrándole el cuchillo.
- ¡Nunca pierde su sentido del humor!
- Eso es cierto, nunca le he visto enfadarse -argumentó Blanca-. Los dos somos bastante pacíficos.
- Qué tortolitos…
- Menuda noche me espera.
La cena transcurrió así, intercalando algunos temas con bromas dirigidas a Arturo. Susana propuso ir a hacer una barbacoa en su casa de campo. A Blanca le ilusionó mucho la propuesta. Las dos mujeres no dejaron de hablar y de reír. Arturo y Dani se apostaron copas jugando al billar. Todo parecía ir perfecto. De vuelta a casa, Blanca le contaba a Arturo lo bien que le caía Dani y Susana.
- Son muy buenas personas, tendrías que estar contento.
- Lo estoy, ellos saben que les aprecio.
- No me dijiste que estuviste casado.
- Bueno, la historia no es para tanto: me casé a los veinticuatro años con una amiga pero la cosa no funcionó, a los dos años ella marchó a Madrid.
Blanca no dijo más, parecía pensar profundamente la revelación de Arturo. A éste le empezaba a preocupar el silencio de Blanca, parecía el mismo silencio doloroso que la envolvía cuando la conoció. De repente, Blanca empezó a reír, no paraba, una de esas risas incontrolables.
- ¿Qué te pasa? ¿Eh?
Tras mucho reír e intentar calmarse consiguió decir: "¡A los veinticuatro, eres un romántico!”. Y volvió a reírse.
- Vaya, qué gracia…
- ¿Sabes que tengo una vecina que toca el violín? A veces la escucho.
- No lo sabía.
- Hoy no has tocado el piano, supongo que eso no te gustará.
- No te preocupes, esta noche practicaré en tu espalda.
Aquella noche Blanca le dijo a Arturo que le quería.
En muy contadas ocasiones, Blanca mencionaba a César Guerrero, el pianista con quien tuvo su anterior relación, según ella, un pianista impecable tocando Chopin. Por las anécdotas que contaba, había sido una ambigua relación con continuas y confusas rupturas y reconciliaciones. Un día que tocaba y Blanca pintaba a su lado, Arturo quiso comprobar en qué medida el anterior pianista seguía presente en la mente de Blanca. Para ello, Arturo comenzó a tocar los primeros compases del vals opus 69 número 1 de Chopin. En cuanto Blanca lo reconoció exclamó: “¡No toques eso!”, el pianista, aun sorprendido por la reacción supo encauzar el ardid e improvisó un nuevo vals: “No estaba tocando Chopin”. Blanca ocultó su rostro tras el lienzo y no dijo nada más.
La convivencia continuó plácidamente. Pero si el comienzo fue inesperado, la repentina marcha de Blanca, cuatro meses más tarde, lo fue aún más.
La calle no estaba muy iluminada, una de las farolas se había fundido. Por eso, un hombre alto de unos treinta años y engalanado con un frac tropezó con Arturo en el portal. El hombre se disculpó y apoyó su mano en el brazo del pianista, lo miró con fuerza, sosteniendo la mirada unos segundos.
- Disculpa.
Esa mano con esos dedos, en lugar de ser un gesto cortés, parecía hincarse de un modo hiriente.
- No pasa nada.
Arturo entró en el portal, los dedos de ese hombre se marcaron en su brazo, como si quemaran. Subió al piso sexto y escuchó un violín tocando un pasaje de violín de En un mercado persa de Ketelbey. La puerta de Blanca estaba entreabierta, Arturo entró.
- Está tocando tu vecina, es la primera vez que la escucho.
En el pasillo, Arturo tropezó con varias maletas; siguió avanzando y en el estudio algunos lienzos estaban colocados en cajas. Sin lugar a dudas era un triste escenario de mudanza. Blanca salió de su dormitorio con una maleta abierta con ropa.
- Hola Arturo -saludó nerviosa.
- Hola Blanca, podría haberte ayudado a organizar todo esto.
Blanca palideció, ordenaba la maleta con movimientos torpes.
- Me llamó César -temblaba su voz-, ¿te acuerdas de él? Dice que en Madrid tiene muchos conciertos y cree que puede ayudarme con la exposición, ha encontrado una galería.
- Me alegro por ti, entonces.
Arturo siguió clavado de pie en el parqué del salón que había dejado de ser un estudio. La maleta estaba lista, pero Blanca colocaba y recolocaba la misma ropa en ella.
- Me está esperando abajo -dijo con la mirada desviada-, creo… que me voy.
- Como quieras, buen viaje.
Se volvió y el violín dejó de sonar.
Arturo salió del portal, el supuesto César Guerrero era una sombra en la esquina derecha del edificio; al percatarse, clavó en la espalda de Arturo la mirada. Arturo la sintió en la médula hasta que dobló la esquina izquierda. Esa mirada no quemó tanto como los dedos; sin duda, eran las manos de un pianista.
Arturo prefería no contarlo, pero Blanca se había marchado y eso no podía ocultarlo a su amigo Dani: “¿Cómo te ha podido hacer eso? ¡Increíble! No tengo palabras. ¿Por qué no le dijiste nada?”. A lo que Arturo respondía: “Quiso irse, no me importa”.
Obviamente, a Arturo sí le importaba. En otro tiempo, habría hablado, habría intentado que Blanca no se marchara, que mirase el presente. Pero ya lo había hecho en el pasado y se prometió no volver a hacerlo. Aún más si se trataba de Blanca: una mujer que vivía en el pasado, en una relación que no la llevaba a ningún sitio. Arturo volvió a tocar Chopin.
Meses más tarde, para su sorpresa, Arturo recibió una señal de Blanca: una llamada perdida. Estuvo unos minutos pensando lo que podría significar, pero no la llamó. En un futuro muy próximo, Arturo se arrepintió de no haber respondido esa llamada.
Muchos años más tarde, cuando Arturo se convirtió en uno de los mejores pianistas y compositores de la historia de la música, se encontraron en un sótano madrileño una serie de cuadros. Uno de ellos (un pianista tocando apasionadamente en un centro comercial) lo reconoció enseguida un historiador del arte y supo que se trataba de Arturo. El cuadro se subastó, lo adquirió un coleccionista inglés por cincuenta mil euros.
