Historias de piano
Sabía que se estaba enamorando: las notas cambiaban de nombre otra vez. Ninguna mujer había conseguido dejarle sin réplicas en la boca, aquella rubia del mechón largo sobre el ojo izquierdo no era una mujer cualquiera. Y seguía sin saber nada de ella, ni su maldito nombre, sólo algunos detalles que nada aclaraban, confundían. Tenía la sensación de que mientras más la viese, más la desconocería. Si no averiguaba más sobre esa mujer sería una derrota aplastante, una incógnita de por vida que lo volvería loco. No sabía si lo que pensaba era fruto de un enamoramiento ilusorio y difuso (imposible, había dejado de amar de esa forma desde hace años), o si sólo era ambición, rabia y venganza porque aquella mujer le había arañado el orgullo. Y dejó ese pensamiento en el aire, tuvo que dejarlo al margen, de forma voluntaria o forzada: pues el próximo encuentro con la mujer rubia del mechón sobre el ojo no se produciría hasta mucho tiempo después. Bastante tiempo, pero sería un encuentro decisivo… a medias, claro; y en condiciones muy distintas.
Por otro lado, las clases con Verónica se habían vuelto insoportables para Arturo. La chica era cada día menos manejable: no estudiaba, sólo iba a su casa para revelar intimidades, para curiosear. A Arturo la situación antes le parecía, en cierto modo, curiosa y divertida, esperando tarde o temprano destapar las intenciones de aquella chica de veintipocos. Llevaba siendo su profesor nueve semanas y nada había descubierto... Arturo se empezaba a cansar de Verónica, de sus caprichos y acosos. En la última clase, la alumna se atrevió a acercarse más al pianista, rozándole los senos escotados en el brazo, cuando Arturo puso su mano sobre la de ella en el teclado para indicarle un movimiento de dedos. En ese momento, Verónica le cogió las manos y le preguntó si, éstas, era lo que más quería. Él no quería formar parte de ese juego. Así que lo dijo claramente, como siempre hace.
- Se acabaron las clases, Verónica.
La chica empezó a reírse.
- ¿Por qué? ¿Ahora qué te pasa Arturo?
- No estudias, no estás interesada en el piano. No quiero seguir.
- Eso ya me lo dijiste y te convencí: quiero seguir con las clases, yo pago.
- Y yo te avisé que seguir con las clases dependía de ti -contestó Arturo rotundamente-. No hay que discutir más.
Verónica bajó la cabeza, sensiblemente afectada, encogiendo todo su cuerpo de forma delicada y teatralizada, como una flor venenosa marchitándose.
- Es que… estos últimos días he estado muy triste, perdona. Y quería animarme contigo.
Arturo no se movió, pendiente de cómo seguiría la treta de Verónica.
- He cortado con mi novio -continuó-, y fue una ruptura violenta, estaba muy cansada y este mundo tuyo tan personal me evade bastante…
- Yo soy tu profesor de piano, no tu psicólogo -la interrumpió Arturo-. No me interesa lo que te ha pasado con tu novio, aquí se viene a aprender música.
La sequedad de la frase de Arturo irritó profundamente a Verónica, se levantó de la butaca y se dirigió a la puerta. Allí se detuvo.
- ¿Quién es Blanca? -preguntó.
- ¿Por qué lo preguntas?
- Hace unos días -empezó a decir Verónica-, miré tus partituras de la banqueta y encontré una con su nombre.
- No me gusta que registren mis cosas, sal ya.
Verónica permaneció inmóvil apoyada en la puerta, la seriedad de Arturo no había roto aún su orgullosa coraza. Se miraron largo rato, clavados en el suelo, esperando cada uno a que el otro abandone la batalla.
- En el fondo quieres que me quede -rompió el silencio Verónica.
- De modo que crees eso...
- Te gusta que esté detrás de ti, he visto cómo me miras, furtivamente, pero lo haces. No puedes negarlo.
- Esto es ridículo. Ha sido divertido, pero ya me cansé.
- Volveré el próximo día -insistió Verónica.
- No.
- ¡Sí!
Arturo fue veloz hacia la puerta, Verónica se asustó ligeramente por tan decisivo movimiento e intentó ocultar su pasmo. El pianista se detuvo delante de Verónica, ésta le llegaba hasta la barbilla.
- Repite todo lo que me has dicho -susurró Arturo.
Verónica tragó saliva, empezó a sudar… mordió los labios, haciéndose la fuerte.
- Te atraigo. Quieres que me quede.
- Eso piensas, muy bien.
No pudo verlo, ni cuándo ni cómo se abalanzó… sólo pudo sentir los labios de Arturo apretados fuertemente contra los suyos. El pianista la besó unos diez segundos. Verónica ya no podía disfrazar su nerviosismo, su cuerpo bombeando de miedo o pasión, no lo sabía.
- Eso es lo que querías, ¿no? -dijo Arturo con la misma calma y dominio que antes-. Y según tú, yo también. Ya está hecho, ya te puedes ir.
Verónica no pudo contra eso, miró a Arturo con odio, con auténtico odio e impotencia; alzó la mano para abofetearlo, pero el pianista detuvo fácilmente su mano llena de anillos y pulseras y la oprimió. Ella apretó los dientes y, cuando Arturo liberó su muñeca salió corriendo de la casa.
El portazo sonó como una advertencia, entonces Arturo recordó que Verónica viene del griego: victoria.
Al caer la noche, Arturo llamó a Dani y a Susana para cancelar una cena con ellos, cita en la que su mejor amigo le volvería a decir que la sala Verdi no había contado con él para la nueva temporada de conciertos. Se sentía muy mal, no sabía porqué, pero estaba deprimido y furioso. Se dio cuenta entonces de que le dolía las manos; se las miró largo rato… Ciertamente, era lo que más quería.
