viernes, marzo 31, 2006

Historias de piano

Capítulo IV: No toques Chopin

El centro comercial Alameda rebosaba en plena navidad. Masas de personas envueltas en abrigos y mantones transportaban enormes bolsas de regalos. El murmullo era ensordecedor, por ello, a Arturo no le gustaba tocar en esas fechas, en medio de tanto devenir capitalista. El pianista comenzó a tocar en el Alameda hace algo más de un año y medio, cuando descubrió la existencia de un colín en ese centro comercial. Un piano cerrado era para él como una caja de sorpresas. Ver al instrumento inerte, siempre tapado, sin poder sonreír con sus dientes blancos y negros y sin poder articular sonido alguno, le apenaría al pianista. Hasta que le susurró: “no te preocupes, yo te tocaré”. Lo abrió y tocó. Así comenzó el hábito. El pianista se acostumbró a tocar el colín cada vez que lo visitaba, le contentaba, no por ninguna razón en especial (de hecho, la construcción del instrumento no era de extrema calidad). Le gustaba, quizás porque, al igual que él, estaba solo y apartado. Solía pasar por ahí un par de veces por semana, a los compradores del Alameda parecía gustarle el pianista. Algunos se detenían y lo escuchaban unos minutos, otros se atrevían a pedirle alguna canción, y por último había quienes pasaban de largo.

Un día, el responsable del centro comercial le hizo una generosa propuesta: quería contratar a Arturo como pianista del Alameda. Así cerraron el contrato: Arturo tocaría cuatro veces por semana a cambio de un generoso salario. Seguramente, el gerente no querría arriesgarse a que el pianista se cansara de pasar por allí por simple gusto. A Arturo le venía muy bien esa paga extra.

Aquel día de navidad nadie escuchaba el piano, todo el mundo se entregaba al estrés consumista: atentos a los precios, las etiquetas, los envoltorios, los teléfonos… ni Arturo podía escuchar con claridad las notas del vals de Chopin que tocaba. En plena interpretación se encontraba cuando una mujer con un gorro de lana se detuvo a su lado. El pianista no se percató de su presencia hasta que la oyente suplicó:
- No toques eso, por favor.
Arturo se volvió e interrumpió la obra, aquella mujer sollozaba. Lo único que pudo hacer fue atender a la petición de la mujer: cambió el vals por un nocturno del mismo compositor. No completó los cinco primeros compases de la nueva obra cuando la mujer volvió a suplicar gimiendo:
- No, no toques nada de Chopin, por favor.
Ante tal petición, el pianista optó por tocar algo de su propia cosecha. Cuando hubo terminado, la mujer se lo agradeció con una pálida sonrisa y se marchó.

Al día siguiente, la misma mujer con el gorro de lana se presentó de nuevo al lado del colín. Arturo, en uno de sus balanceos la descubrió allí postrada ante él. Casualmente, tocaba otra obra del músico romántico; ella lo miraba implorando el mismo deseo… Arturo asintió con un movimiento de la cabeza y tocó otra pieza suya.
La mujer le acompañó en las siete siguientes audiciones, mas no mediaba palabra. No hacía falta, Arturo se adaptaba a su habitual oyente: no tocar Chopin. Parecía que esa extraña debilidad sólo afectaba con ese compositor: cualquier otra cosa que tocara, sea del músico que fuese, de época o de estilo, era aceptado.

En una ocasión, la mujer se presentó ante él justo cuando Arturo se disponía a descansar. El pianista aprovechó para entablar conversación:
- Ahora comienza mi media hora de descanso. Si quiere la invito a un café.
Ella aceptó y los dos tomaron asiento en la cafetería de la planta baja. Sentada frente a él, Arturo pudo observar mejor a la mujer, tenía un aspecto peculiar: de cuerpo menudo, toda ella estaba recubierta con cantidad de ropa: un jersey con una bufanda, un gorrito de lana blanco y unos guantes del mismo color que conjuntaban con el gorro. Sin duda debía de ser una mujer bastante friolera, acurrucada bajo esa montaña de ropa tenía aspecto infantil. Lo único que se descubría de su piel era una parte de su rostro: una piel pálida con mejillas rosadas que coronaban dos hermosos y diminutos ojos marrones. La mujer sostenía con las dos manos enguantadas la taza y bebía pequeños sorbos.
- Yo me llamo Arturo.
- Sí -respondió con dulce voz-, lo pone en el cartelito de la entrada, con los días que toca.
- Claro –rió Arturo-. ¿Te importa si nos tuteamos?
- No, yo me llamo Blanca.
Blanca bebió de su taza, no era muy habladora. Arturo se preguntaba cómo podía continuar la conversación sin forzarla.
- Te has convertido en mi oyente número uno –halló por fin las palabras.
- Sí –ella dio otro sorbo y repitió ensimismada-: sí…
Esperó a que ampliara su respuesta, pero Blanca enmudeció de nuevo. Pensó en preguntarle por su profesión, si era músico, por Chopin… pero temió incomodarla, así que prefirió callar. Nunca el entablar diálogo con una mujer le había sido tan complicado. De pronto, ella preguntó:
- ¿Tocas en más sitios?
- De vez en cuando en algunas salas pequeñas, nada demasiado pomposo, salvo en una ocasión.
- ¿De veras? –preguntó Blanca.
- Fui el segundo y último pianista del Parisien, un antiguo local de lujo de Málaga. Era una especie de restaurante y sala de conciertos.
- No lo conozco.
- Fue muy famoso en su tiempo.
- Si fue tan famoso, ¿por qué no te catapultó? –Blanca vaciló un instante y sacudió la cabeza- ¡Perdona! Quién me manda a mí…
- No te preocupes. Como dije fue famoso, meses después de mi contratación el local perdió clientela y su fama se disipó. De nada sirve que informe en mi breve currículum que pasé una temporada tocando en el Parisien.
La conversación se hundió de nuevo en el silencio.
- ¿Acaso querías verme tocar en otros lugares? Ya que eres mi oyente número uno… -bromeó Arturo.
Blanca rió por fin, tenía una dulce sonrisa sonora.
- Tal vez.
- ¿A qué te dedicas?
- Ahora mismo a nada… –Blanca elegía cuidadosamente las palabras- Bueno, soy pintora, pero ahora mismo no atravieso un buen momento.
- Todos los artistas tienen sus idas y venidas –sonrió Arturo.
El pianista terminó el café, pensó bien las palabras para lo que dijo a continuación:
- Me halaga que quieras verme tocar, pero a mí me gusta mucho Chopin, y la gente lo pide a menudo…
Blanca levantó la cabeza y miró al pianista con sus pequeños ojos, rezumaban una enorme tristeza. Tragó saliva con dificultad y consiguió explicar:
- Conocí a otro músico que tocaba Chopin magistralmente. Nadie lo toca como él, no he conocido a nadie que le hiciese sombra en Chopin. Llevábamos una relación prometedora pero la cosa se torció y decidió irse lejos. Cuando te escuché tocar ese vals me recordó tantas cosas… En realidad no sé porqué visito este lugar sólo para escucharte.
Arturo meditó un momento, le preguntó por el nombre de ese pianista.
- César Guerrero -respondió Blanca.
- No lo conozco, creo que he escuchado su nombre en algún lado, será uno de los más destacados de su promoción.
- Pronto oirás hablar de él –aseguró Blanca.

Por fin, Arturo disponía de los datos necesarios que explicaban someramente la actitud de aquella mujer. Blanca encerró su mirada en el interior cilíndrico de la taza vacía, transmitía una soledad y una tristeza que apenó profundamente al pianista. La mujer volvió de sus cavilaciones y observó que Arturo manejaba un cuaderno bajo la mesa. Instantes después, Arturo se incorporó:
- Blanca, ha sido un placer, pero debo continuar con la tarea. Visítame cuantas veces quieras y avísame cuando desees escuchar de nuevo a Chopin.

Arturo no esperó respuesta. Enseguida, las notas del primer arabesco de Debussy se fundieron con el rumor ambiental. Blanca escuchó y descubrió que encima de la mesa había un papel doblado en cuatro, lo abrió: dentro había escrito a mano un número de teléfono.


4 Comments:

Anonymous Anónimo dijo...

Plasplasplasplasplas!!

Carlitos, esto es un best seller!

2:45 a. m.  
Blogger anónima dijo...

me dejarás diseñar la portada? anda por faaaa

5:02 a. m.  
Blogger Insanity dijo...

Carlos, tus "Historias de piano" son preciosidades; me encantan.
Gracias por copmpartir.
"Saludos!"

9:23 p. m.  
Blogger Carlos (Sr. Chow) dijo...

Gracias por vuestras palabras, me anima a seguir escribiendo.

(Sabejal, adelante con esa portada, ¡sorpréndeme!).

¡Tres saludos!

1:46 a. m.  

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